domingo, octubre 21, 2007

Panamá ida y vuelta

Panamá es una fiesta. La ciudad está acodada en la playa y flanqueada por los verdes más exuberantes. Entrar a ella por la noche, llegando de Tocumen, mientras el auto se desliza por la carretera elevada sobre el mar impide ver la diferencia que hay entre un extremo y otro de la playa. A esa hora solo se distinguen las luces como serpiente que repta a ras de la tierra por el casco viejo y alza la cabeza y el cuerpo al llegar a Punta Paitilla. Descendemos del carro y entramos al hotel, donde nos recibe lo helado del aire acondicionado que va a acompañarnos durante los siguiente días cortando el aire cálido y húmedo de un tajo, volviendo una heladera las entrañas de cualquier edificio.

Estamos aquí una decena de extranjeros como miembros del jurado del premio Ricardo Miró, que se entrega anualmente por estas fechas. Durante dos meses había leído en casa los 28 libros de cuentos sometidos al concurso. Comenzamos a conocernos durante la cena en el restaurante del hotel. El menú del buffet era poco entusiasmante, cosa que se repetiría con grave persistencia en los días siguientes. La excepción eran las bandejas de frutas, espléndidas, presentes desde el desayuno hasta que finalizaba la cena, como a las diez de la noche.

Al día siguiente muy temprano nos reunimos con los jurados locales. Durante todo el día, de las mesas situadas en diversos puntos del salón, brotaban murmullos y los originales finalistas eran sometidos a un escrutinio feroz. Salimos del cuarto refrigerado para caer en la temperatura glacial del comedor y apenas terminamos fuimos de regreso al salón, donde los fallos --ya que fueron cinco ramas las premiadas-- fueron dados a publicidad por la noche.

El notario iba abriendo los sobres donde se guardaban las plicas y fue él quien dio a conocer los nombres de los ganadores. Uno de los certámenes --justo en el que me tocó actuar-- fue declarado desierto, con el evidente desencanto de los cuentistas allí presentes. Una mujer bajita y delgada chilló frente a mi nariz diciendo groserías. O es una escritora, o la amiga o esposa de algún cuentista. Me impresionó menos su enfado que el desencanto de las semanas pasadas leyendo obras a medio cocer.

A la mañana siguiente nos fuimos a ver el paso de los buques por el canal. Lo he visto varias veces en mi vida, pero siempre me impresiona: el inmenso barco, que roza con sus flancos las paredes de la esclusa en la que el agua sube o baja hasta dejar al buque al nivel del siguiente paso. Entre todos reconstruimos la malhadada historia del canal, que apenas hace siete años fue entregado a los panameños, obra del tratado que se logró cuando Carter era presidente de EEUU.

Al siguiente día visitamos las ruinas de la primera ciudad de Panamá --el Panamá Viejo, lo llaman-- que han sido tragadas por la ciudad actual. En el gélido museo una guía nos contó que los panameños habían despachado hacia América del Sur la plata que se guardaba en la ciudad antes de que los piratas llegaran y que fueron los panameños quienes incendiaron Panamá Viejo para que el pirata Morgan no lograra apoderarse de nada.

En realidad Morgan tomó Portobello, sobre el mar Caribe, en 1670, cruzó el istmo y cayó sobre la ciudad de Panamá, saqueándola e incendiándola, una de las mayores glorias de los piratas de aquellas épocas. La ciudad fue abandonada en febrero de 1671 y Morgan se alzó con 175 mulas cargadas de oro, plata y otros tesoros, y se llevó 600 prisioneros. Fue premiado por la corona inglesa, que le otorgó el grado de caballero. Callé mientras escuchaba a la guía que reclamaba la gloria para su país.

Otro día fuimos a dar una vuelta por el casco antiguo de la Panamá que fue construida luego del asalto pirata, una zona que había visitado seis años atrás cuando comenzaba a ser restaurada. La restauración va viento en popa, y muchísimas casas han sido remozadas. En una década la pobreza habrá emigrado, las casas habrán pasado a otras manos --no sé por qué recordé a la Antigua-- y sus antiguos habitantes quizá se hacinen en El Chorrillo, lugar que también visitamos, pero en el bus.

Solo los habitantes del Chorrillo se atreven a andar por las calles de ese lugar que, en diciembre de 1989, recibió bombazos y ráfagas de ametralladora desde las naves aéreas estadounidenses que apoyaban el desembarco de los soldados gringos en Panamá. El desangelado espectáculo de la pobreza junto a la gloria que comienza a manifestarse en el casco viejo es una muestra de la enorme hendidura que hay entre ricos y pobres en América Latina. Sé que eso de ricos y pobres no es políticamente correcto, pero no hay otra manera más certera de describir el fenómeno que sufrimos.

El jueves fue destinado a las compras. Ofrecieron llevarnos a un mall a las diez de la mañana pero fue mentira, por falta de puntualidad de quienes se encargaron de acompañarnos, y una visita obligada --jamás mejor dicho-- a los altos jerarcas de la cultura panameña, quienes nos anunciaron la descalificación de la ganadora del premio de poesía e insistieron en que fuéramos a dar una vuelta completamente innecesaria por un edificio que está siendo restaurado para disimular, sin lograrlo, la razón de la visita; cedieron cuando se percataron del disgusto de los circunstantes que no deseábamos ver una casa a medio arreglar ni escuchar las razones locales para quitarle el premio a la mujer que había ganado.

Dos días atrás había perdido la voz. Si no hubiera sido por lo contenta que estaba recorriendo la ciudad, me habría dado cuenta de que el desastre se anunciaba. En el mall nos desperdigamos y quedaron en que cada hora habría un bus para regresarnos al hotel, así todo el mundo andaría a su aire. Quizá les haya funcionado a mis compañeros. Llegué puntualmente a esperar, con tan mala suerte que el lugar del encuentro quedaba bajo una boca de aire acondicionado que terminó de fulminarme.

Esperé 45 minutos, pero luego tomé un taxi. Los taxistas, ya se sabe, están enterados de todo. El que me llevó al hotel me confirmó que los edificios altísimos que se construyen a toda prisa en la ciudad --ya en Paitilla no caben más-- son una forma exitosa de lavado de dinero, y que a los dueños les importa un pito que estén medio vacíos. La excusa local es que los apartamentos cuyas luces no se encienden por la noche pertenecen a extranjeros que solo van a pasar sus vacaciones.

También el taxista me confirmó que la violencia avanza prodigiosamente en Panamá, que los asaltos a mano armada, los asesinatos, son el pan diario de los panameños, y que las pandillas crecen a toda prisa.

A la mañana siguiente amanecí con fiebre y todos los síntomas de una sinusitis aguda, cultivada rápidamente con el violento cambio del calor húmedo al frío seco de los interiores. Busqué el antibiótico apropiado para tales menesteres, pero no pude adquirirlo sin receta médica. Pedí médico en el hotel, y se lo chismearon a los organizadores del premio.

Llegó la joven diligente que siempre llegaba tarde, anotó los nombres de las medicinas y se tardó cuatro horas en regresar con variadas drogas menos lo que le había pedido. El día iba pasando. Me levanté a almorzar y me hice la fuerte, pero tuve que regresar a la cama. Finalmente, como a las cinco de la tarde tocaron a mi puerta y aparecieron cinco personas: la joven despistada, un empleado del hotel, una médica y un médico y un señor cuyo nombre y profesión jamás averigüé.

La doctora me recetó un antibiótico --solo tres días me advirtió-- y otros medicamentos. Me los subieron a la habitación como a las diez de la noche y tomé el primer comprimido, que me hizo pasar una noche nebulosa, taquicárdica y medio sombría, cosa que le achaqué a la fiebre, que apenas bajaba con el acetaminofén. Por supuesto, no pude estar presente en la entrega de los premios.

Ayer era el día del regreso. Hice rápidamente mi maleta, bajé a desayunar y me metí pronto al bus que nos llevaba a Tocumen. Le eché una mirada tristísima a Panamá que se me iba quedando atrás. Viajé con menos molestias de las que esperaba y llegué a casa. Anoche tomé nuevamente el antibiótico de marras. Eran las dos de la mañana y la taquicardia era terrible, el nerviosismo me impedía dormir, el zumbido de oídos me hacía pensar que estaba, no en el avión, sino debajo de una de las turbinas.

Me vine a la compu a esa hora, busqué las propiedades y las contraindicaciones del antibiótico recetado y me di cuenta de que debe ser muy bueno para alguien en artículo de muerte, pero que puede dar la impresión de estar en artículo de muerte a quien evidentemente no lo está.

Ya mandé a pedir a la farmacia el antibiótico que habría querido comprar hace un par de días. Esta noche podré dormir. Mañana será otro día.

5 comentarios:

Patricia Cortez dijo...

lo siento, supongo que en todos lados hay profesionales mediocres o poco profesionales.
que esté bien

Patricia Cortez dijo...

lo siento, supongo que en todos lados hay profesionales mediocres o poco profesionales.
que esté bien

Carlos René dijo...

Qué lo siento Ana María. Yo fui jurado de novela para ese premio en el 2000 por invitación de Rafael Ruiloba, en ese entonces Director del INAC. Los recorridos fueron los mismos que tú cuentas. Pero esa vez nos trataron bien. Pude ver a mis amigos escritores panameños y la gozamos. ¡Cómo han cambiado las cosas! Que te recuperes pronto.
Carlos René García Escobar

Anónimo dijo...

Que pena, el aire acondicionado fulmina a toda aquel que no este acostumbrado, no se si sea por el frío o por los bichos que se alojan ya en las tuberías. Espero se recupere pronto….

Salu2
Luis

Anónimo dijo...

Carlos René García Escobar:
Más lectores de lo que usted imagina estaríamos felices de poder leerle, si usted se animara a crear su blog.
Ojalá lo tome en cuenta.